sábado, 15 de julio de 2017

Me encontré con... Franco Battiato.



     Fué en Málaga, el pasado jueves 13. Íbamos a verlo en concierto esa misma noche en la plaza de toros de La Malagueta; un par de horas antes, al cambiar de rumbo providencialmente por una de las calles adyacentes, mi mujer me advirtió de que, a unos metros, estaba Franco Battiato hablando con unos viandantes.
      Me pasó algo parecido unos años antes, en Lorca, en el hall del hotel donde íbamos a alojarnos; como en aquella ocasión, también íbamos a verlo en concierto, pero no contábamos con un encuentro tan cercano con él. 

Ahora, como entonces, mantuvimos una corta charla, pues no me gusta agobiar a nadie y entiendo que es algo tedioso eso de atender a los fans. Pero ahora, a diferencia del encuentro en Lorca, caí en la cuenta de pedirle un autógrafo, consciente además de la oportunidad única.


    El amigo Franco respondió solícito y amable, y después de atendernos con mucho cariño siguó complaciendo a algunas personas más que se le acercaron. 
     Lo encontré ciertamente muy mayor, bastante más avejentado que la vez anterior, donde un señor maduro pero muy enérgico se disponía a salir de paseo unas horas antes del concierto. Ahora su serenidad y movimientos revelan el inevitable paso del tiempo y el peso acentuado de los años.

     Por supuesto que haré una crónica detallada del maravilloso concierto que vivimos, pero ahora me quería centrar, no tanto en el artista, sino en la persona. Desde hace algún tiempo, tal vez porque en pocos años he perdido a tres muy queridos artistas (Spinetta, Bowie y Prince), considero algo muy especial el poder asistir a un recital de cualquiera de mis queridas celebridades; es algo así como quedar con un amigo, compartir las pocas cosas de verdad importantes y pasar un buen rato con él.
     El tiempo marca su ritmo, ajeno a nuestros caprichos y deseos, y no son tantas las oportunidades de compartir; de modo que valoro como oro en paño cualquier encuentro cercano que la Providencia me quiera regalar, como este de ahora, como tantos otros anteriores (muchos, ciertamente...).
    Gocé como nadie de esos minutos, de su plácida mirada y complaciente sonrisa, y como siempre, feliz de tener a mi lado a mi fiel compañera de viaje. 



     La obras de nuestros artistas, que tanto nos hacen enloquecer, no son más que un reflejo de el inmenso tesoro que es la persona en sí. Aprovechémonos de su presencia mientras nos quede un solo amanecer en el que despertarnos con alguna de sus canciones... y seamos agradecidos.