miércoles, 2 de diciembre de 2020

Profesiones con corazón: Pepe Raya, podador de palmeras.




    La sección “profesiones con corazón” nació para dar a conocer a tanta gente que pasa por esta vida, simplemente, llevando a cabo de forma digna cualquier desempeño laboral. Son muchos los que he ido conociendo y que han llamado mi atención por su “hacer” más que por su “ser”. Aunque siento predilección por la gente sencilla y humilde (ver aquí mi reportaje sobre Francis, mi amigo peluquero), también son bienvenidos profesionales en chándal, traje o batín, pues también he conocido a excelentes deportistas, médicos, docentes,  abogados o empresarios; incluso, doy testimonio de haber conocido a un político cuyo ejercicio vocacional es tan honroso y sacrificado que, evidentemente, rompe todos los esquemas...
  Pero bueno, hoy toca hablar de Pepe y vamos a ello. 

Nuestro protagonista: Pepe Raya.


EL OFICIO DE PODADOR DE PALMERAS

     Para empezar diremos que la idílica imagen de una isla tropical repleta de preciosas palmeras es, simplemente, falsa. Esos bellos y esbeltos ejemplares no existen como tales en zonas alejadas de la mano del hombre, puesto que esta planta en su crecimiento natural tarda muchos años en despojarse de las hojas viejas, las cuales se van acumulando a modo de espeso pelaje en el tronco. Por lo tanto, en cuanto las palmeras comenzaron a formar parte de los jardines ornamentales, se hizo necesaria la aparición de los podadores, oficio que sin embargo aún no es muy conocido.



     Conocí a Pepe hace unos siete u ocho años. En casa de mi padre y en la mía siempre hemos tenido algunas palmeras, cuya poda y cuidados eran fáciles de llevar a cabo cuando la planta era pequeña o tenía una altura que se podía dominar bien con una escalera. Con el paso del tiempo llegó un momento en el que era imposible llegar a la parte superior para realizar esta tarea, y se hizo necesaria la intervención de un profesional. Mi padre, empresario de vocación, siempre ha sabido rodearse de profesionales eficientes y en este caso también tuvo buen ojo para localizar a Pepe.
      Desde entonces, su paso por casa una vez al año ha sido siempre un motivo de asombro al poder contemplar una excelente ejecución de este trabajo en unas condiciones no adecuadas para quienes padecemos de vértigo. Y claro, aproveché en esta ocasión su vuelta para retratar debidamente este noble oficio.





APROVECHANDO EL FINDE...

    Fue hace unas semanas. El día pintaba excelente con un sol radiante pero contenido en calor, así que tomé mi cámara mientras comencé a charlar amigablemente con Pepe.
      Me contó que fue en torno a 2008 (comienzo de la anterior crisis económica) cuando él se inició en esta labor, la cual fue alternando con otros oficios hasta que en 2013 concentró todos sus esfuerzos en la poda  de la palmera. Para ello adquirió un equipo de escalada en Valencia; se trata de un curioso artilugio que permite sujetar el cuerpo del trabajardor al tronco de la palmera mediante unos flejes metálicos que fijan los pies y la cadera, lo que permite una amplia movilidad en las extremidades superiores.



      Con el tiempo la demanda de trabajos fue en aumento. Nuestro protagonista es oriundo de Salobreña, bonita localidad plagada de palmeras como tantos municipios de la costa tropical granadina. Desde allí fueron reclamando sus servicios tanto por parte de ayuntamientos y empresas como de particulares, llegando a ocupar la agenda al 100%. Desde entonces, en casi todos sus desplazamientos viene con Angustias, su mujer, la cual le ayuda con el movimiento y carga de los útiles, además de brindarle la mejor de las compañías.





EL PROCESO DE PODA

     La jornada se hizo larga, y mientras yo ayudaba con la recogida de hojas y restos de la poda (tarea que ocupó 10 horas), tuve tiempo de sobra para observar la tarea.
      En ocasiones Pepe se sirve de una escalera cuando el ejemplar no es muy grande, pero realmente su especialidad consiste en trepar a lo largo del tronco sujetándose con sus utillajes, alcanzando alturas fácilmente de más de 15 metros.


    Una vez arriba, comienza el proceso de poda, consistente en dos tareas distintas. En primer lugar, el corte de las hojas, algunas secas y otras aún frescas pero que ya están en posición de caída, dejando libres solamente las más jóvenes; en segundo lugar, la limpieza de la piel que ha ido arropando a dichas hojas en su desarrollo, lo que permite dejar al desnudo el bonito tronco “viejo”.



     Para lo primero se sirve normalmente de una sierra dentada que maneja hábilmente con una mano; para lo segundo un cutter bien afilado es la mejor herramienta. 



     A veces comparo esta labor con la del podólogo, que se entretiene en limpiar todo lo que sobra y devuelve a los pies la comodidad y belleza que le son propios.


Dadle al play para ver a Pepe en acción.

     Con el follaje habitual que genera una palmera en un año, Pepe necesita unos 30 ó 40 minutos para hacer su tarea. Pero eso sí, la cantidad de broza que cae al suelo ocasiona un importante volumen que no es fácil de apilar, siendo lo más efectivo utilizar una camioneta o contenedor para poder deshacerse de tan abultada maleza. 





UNA LARGA JORNADA

     Por término habitual Pepe no tiene costumbre de parar al mediodía para llevarse algo a la boca, pues prefiere alargar la jornada y terminar todos los trabajos que le encarguen, pudiendo acumular un buen número de horas en los que solamente bebe agua y toma algo ligero. Ni que decir tiene que es necesaria una gran fortaleza fisica para desempeñar un trabajo así, y aunque nuestro protagonista ya va cumpliendo años, se desenvuelve con mucha soltura y comodidad, por lo que nos queda Pepe para rato...


     Por nuestra parte, menos acostumbrados al trabajo físico, el día se hizo largo, parando apenas una hora para el almuerzo. El rutinario y sencillo proceso de recoger la maleza y echarla al contenedor acabó siendo una tarea pesada al cabo de las primeras horas, pero de vez en cuando el pequeño Manolo, y Marta la benjamina, nos echaban una mano colaborando como jabatos en el latazo de la recogida (y el abuelo tan contento...)




     El esfuerzo sin duda mereció la pena. Las palmeras quedaron preciosas, listas para pasar otro año presumiendo de altura y elegancia. Sin duda una jornada plenamente satisfactoria, especialmente para mí, pues no hay nada que me guste más que hacer unas cuantas fotos con las que pueda medianamente recrearme, ya me conocéis...  

      En fin amigos, gracias por vuestra compañía. ¡Hasta pronto!